Me convertí en psicoanalista y ni los mismos psicoanáliticos me entienden
por Samantha GR
La crueldad es un placer natural.
Yo poseo varios placeres.
Uno de ellos, el más silente, el más devoto está hecho para crear.
Según el psicoanálisis,
mis ganas de pintar o dibujar son la sublimación de mis pulsiones.
Así hallo placer: transformo el filo en trazo,
la herida en imagen.
Sencillo, ¿o no?
Pero entonces viene Fromm,
y dice que hasta el más cruel es tan humano como un santo,
solo que elige el alivio en el sendero de los sádicos.
¿Entonces qué?
¿No tendríamos todos la misma oportunidad de buscar placer,
de hallar alivio,
de alcanzar —por fin— la mítica felicidad?
¡Ha!
Déjenme pensarlo una vez más.
La destructividad no cabe ya en esos absurdos métodos terapéuticos,
sedantes y operantes,
que castran la racionalización humana.
Hoy, la cura no se basa en eliminar lo primitivo,
sino en sublimarlo.
O en bailar con él.
Hablemos de las pulsiones.
Mis pulsiones nocturnas,
o como lo diría el señor Lacan: el eco del cuerpo,
son esas zonas oscuras que me permiten divagar
sobre deseos, sueños y delirios.
Una alucinación del porvenir,
cuando el deseo fastidia al cuerpo y lo corrompe de necesidad.
La noche pasada,
buscaba melodías con arpegios oscuros en el asqueroso YouTube.
Mi corazón latía más fuerte.
Pensaba en el Eros fantasma,
en todas las personalidades proteicas que se formaban en mi mente.
Escapé de mi mirada a través del espejo…
¿o fue de mi alma?
Me calmé,
pensando en la percepción del engaño como sistema.
Pero ¡oh, satánica desmesura de mis pensamientos!
Descubrí unas fauces oscuras que me observaban desde la pared.
Dibujé todo.
Después, interpreté:
¡Sí, es la muerte!
¡La maldita muerte planea mi muerte!
La descubrí bajo mi cama,
intentando hacerme dormir profundo.
Pero no sabe de mi plan.
No sabe que la he visto.
Yo haré la sublimación de sus huesos y de mis sueños.
Más que pedazos:
la haré humo.
Así fue como pensé esa noche.
Y según las teorías de los crueles, los narcisos, los sádicos,
los obsesivos, los parricidas…
esos llamados enfermos mentales
no son más que una colección de humanos
con sublimaciones extrañas o inconclusas.
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